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Nov 29, 2015 8:30 EST

El cultivo de algas marinas cambia vidas enteras en India

iCrowdNewswire - Nov 29, 2015

En los bosques de manglares de Bengala Occidental, un estado del nordeste de India, las consecuencias del cambio climático obligan a los hombres a dejar a sus familias en busca de trabajo. Pero ahora, el cultivo de algas les ofrece a las mujeres que se quedan atrás estabilidad financiera y empoderamiento.

Al ponerse el sol, Kanchan Mondal salía todas las noches a buscar trabajo y dejaba a sus hijos en casa. Al igual que muchas mujeres de su aldea en el delta de Sundarbans, en Bengala Occidental, su marido se fue a buscar trabajo en la ciudad, obligado por la invasión constante del agua salada del mar, que arruinó sus tierras de cultivo.

“Ahora también soy su padre”, dijo Mondal, de 35 años, mientras colaba con prisa el caldo de papa para su hija de seis años y su hijo de 12. “Si no salgo a trabajar, no gano lo suficiente para darles de comer. Cuando vuelvo tengo que cocinar, y a veces se hace tarde”, explicó a IPS.

Ubicado entre los ríos y los bosques de manglares de la parte sudoriental del Sundarbans, el pueblo de Mondal, Saatjelia, y las aldeas de Kumirmari y Jhorjali sufren la erosión y los repetidos ciclones e inundaciones, gracias al cambio climático. Cada año llegan a desaparecer hasta 200 metros de costa, según un estudio realizado en 2013 por la británica Sociedad Zoológica de Londres.

Esto es calamitoso para el cultivo del arroz, la principal ocupación de la región. Algunos arrozales están sumergidos en 60 centímetros de agua salobre a lo largo del año, y el aumento de la salinidad está envenenando el suelo, lo que significa que nada puede cultivarse allí.

Y a medida que los hombres emigran más al oeste, hasta la ciudad de Calcuta, en busca de trabajo, sus esposas e hijos se quedan atrás a su suerte en este terreno peligroso.

Para ganarse la vida muchas mujeres se dedican a la arriesgada pesca del cangrejo, que implica salir a los estuarios en embarcaciones, a veces durante días y días en los que se encuentran a merced de las mareas imprevisibles de la región – y de los tigres.

Pero ahora, Mondal y las otras mujeres de Saatjelia, Jhorjali y Kumirmari se están capacitando para una alternativa de trabajo sostenible, segura y empoderadora que les permitirá abandonar las peligrosas aguas.

La Red de Asia-Pacífico de Investigación para el Cambio Mundial y el Foro de Asia Meridional para el Ambiente, una organización de la sociedad civil que trabaja en todo el subcontinente indio, promueven el cultivo de algas, o alguicultura, en los campos cubiertos por el agua marina.

El proyecto, que comenzó en 2012 con unos 100 beneficiarios, consiste en el cultivo de algas comercialmente viables, como las variedades Ulva intestinalis y Ulva lactuca.

“No puede ignorarse la capacidad que tienen las mujeres para ser importantes productoras y recolectoras de algas”, afirmó Dipayan Dey, un líder del proyecto.

“Realizamos series de talleres de capacitación en los tres sitios del proyecto. A las mujeres… se les enseña sobre la cosecha, la identificación de las especies de algas, la preparación del estanque y la gestión de los cultivos”, explicó.

La alguicultura requiere poco conocimiento técnico y casi no tiene costos iniciales, por lo que es relativamente fácil de implementar. Y las algas están en demanda en India como materia prima para jabones y champú, entre otros productos.

Estas algas pueden alcanzar poco más de 50 centavos de dólar por kilogramo en el mercado nacional y cerca de un dólar a nivel internacional si se comercializan correctamente, añadió Dey.

En comparación, los 100 kilos de arroz se venden a 19 dólares, pero los precios varían según la producción y las lluvias de los monzones.

El alga verde también es una fuente promisoria de biocombustibles, según un informe de la  Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura de 2010. Y muchos agricultores la utilizan como fertilizante orgánico para sus cultivos.

“Por lo general, preparo la tierra con urea y potasio, pero esta vez usé el fertilizante de algas”, indicó Diganta, un agricultor de Jhorjali. “Al principio estaba preocupado, pero las plantas están sanas”, confirmó.

Las medidas de adaptación al clima, como el proyecto de alguicultura, mejoran el transporte, la educación y las comunicaciones en esta parte del Sundarbans, según las autoridades locales. Y la vida de las mujeres se ha transformado.

Por ejemplo, el hijo de Mondal pudo regresar a la escuela, después de haberla abandonado para ayudar con las tareas domésticas y cuidar de su hermana después de que su padre se fue. La hija de Mondal comenzó la enseñanza primaria. La madre también construyó una cocina sólida, para reemplazar la anterior, de barro y paja, que se derrumbaba cada año con los monzones.

“Hace un par de años me despertaba preocupada por lo que tendría para cocinarles a mis hijos por la noche. Mi esposo me traía un poco de dinero cada cuatro meses, pero eso apenas alcanzaba”, relata Mondal.

Tras dedicarse al cultivo de las algas en 2013, Mondal asegura que ahora puede ahorrar dinero para casos de necesidad y tampoco tiene que hacer trabajos esporádicos ni dejar a sus hijos solos en casa.

Ha sido una experiencia que empoderó a muchas mujeres. Mondal ahora realiza reuniones ocasionales en su casa donde se analizan asuntos como la banca cooperativa y la construcción de un camino de tierra tras el paso del monzón por el pueblo.

Las mujeres de Satjelia comenzaron a aprovechar los productos forestales no madereros, como la miel y el aceite de neem – un aceite vegetal prensado de la fruta y las semillas del árbol de neem. Esto a su vez ayuda a conservar los bosques.

Muchos hombres que dejaron sus hogares ancestrales ahora vuelven para sumarse a la alguicultura y reencontrarse con sus familias, incluido el esposo de Kanchan Mondal.

“Siempre pensé que las algas eran una especie molesta que crecía en los estanques”, comenta Bhabasindhu Mondal, de regreso de Calcuta. “Tenía que verlo con mis propios ojos para creer que se puede cultivar como cualquier otro cultivo. Estaba acostumbrado a nuestros arrozales verdes, y ahora he vuelvo a un tipo diferente de verde”, expresó.

Este artículo se originó en el concurso periodístico del PNUD sobre cambio climático Voices2Paris y se desarrolló gracias a Jennifer Collins de DeutscheWelle.

Traducido por Álvaro Queiruga

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Por Oishanee Ghosh/IPS

Via iCrowdNewswire
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